El Mundial 2026 ilumina la oscuridad de Gaza entre las ruinas
En medio de la escasez de electricidad y la guerra, los aficionados de Gaza se reúnen en cafés improvisados para ver el Mundial 2026 y, por un rato, evadirse del dolor.

El fútbol como refugio. En la Franja de Gaza, devastada por más de dos años de guerra entre Israel y Hamas, el Mundial 2026 se transformó en un raro punto de luz. En un mercado a oscuras del barrio de Nuseirat, decenas de hombres y jóvenes se agolparon frente a una gran pantalla para ver el Bélgica-Egipto de la primera fase, uno de los partidos más esperados por los palestinos, ansiosos por ver a su ídolo, el "Faraón" Mohamed Salah.
El empate 1 a 1 no les bajó el ánimo. Algunos se subieron a hombros de sus amigos, otros ondearon enormes banderas egipcias. Al caer la tarde, el clima de Mundial se había contagiado por todo el barrio y las sonrisas se abrían paso entre las ruinas.
"La Copa del Mundo no es un evento anodino cualquiera para los gazatíes", explicó a la AFP Mustafa Siam, miembro de la Federación Palestina de Fútbol, cuyo presidente no obtuvo el visado para Estados Unidos y Canadá, dos de las sedes del torneo. "Los aficionados palestinos tratarán de seguir los partidos y de olvidar sus preocupaciones y su dolor", aseguró.
Cafés bajo lonas y generadores que fallan
Varios dueños de los pequeños cafés que florecieron en Gaza se esfuerzan por recrear el ambiente de las grandes citas, y no les faltan clientes pese a la miseria. En Zawaïda, en el centro de la Franja, un local rudimentario instalado bajo la lona de un campamento para desplazados ofrece la transmisión en una pantalla chica, con los comentarios de los espectadores entremezclados con el zumbido de un generador.
Abdalá al-Attar, uno de los clientes, intenta recuperar ese ambiente "que a los pequeños y a los mayores les encanta" en Gaza. "Nunca he asistido a un partido de la Copa del Mundo en un estadio", contó. "En Gaza no podemos asistir a un partido en un estadio en el extranjero, porque vivimos bajo un bloqueo asfixiante". El territorio sigue cerrado, salvo algunas evacuaciones médicas aisladas, pese al alto el fuego que entró en vigor en octubre de 2025.
No todos logran evadirse. Mazen al-Ghoul, de 27 años, vio la ceremonia de apertura pero confesó haber sentido una especie de "opresión". "El mundo vive y disfruta de la vida, mientras que nosotros no tenemos ni siquiera techo, escuela o electricidad para poder ver los partidos", señaló.
En los cafés frente al mar, los generadores suelen cortarse y los camareros se las ingenian para hacer funcionar aparatos obsoletos, conectados con cables gastados. El recuerdo del Mundial de Catar 2022 aparece una y otra vez, cuando miles se reunían en el estadio Palestina y en el estadio Yarmuk para ver los partidos nocturnos. Locales como el café Estambul, donde la gente acudía a ver fútbol, fueron destruidos durante la guerra.
Marouane al-Cheikh, de 30 años, hoy vive en una tienda de campaña. "Éramos felices", recordó sobre la edición anterior. "Ya no percibo ese entusiasmo, miro los partidos en un café instalado bajo un toldo, hoy somos miserables, nuestra visión del mundo ha cambiado, no sólo del fútbol".
Otro Mundial en una playa de Jan Yunis
Lejos de las pantallas, la pasión por la pelota se reencuentra en una playa de Jan Yunis, en el sur de la Franja. Allí, jóvenes corren, algunos descalzos, bajo las órdenes de un entrenador amateur que improvisa ejercicios entre gritos.
"El fútbol es la única válvula de escape", consideró Mohamad Abu Tah, uno de los técnicos del equipo armado casi de manera espontánea al calor del Mundial. "Nuestro Mundial comienza en una tierra destruida, arrasada, llena de sufrimiento y de heridas", exclamó su colega Jaber al Bachiti, al mencionar a los jugadores amputados, los estadios destruidos y las penurias.
No hay gradas. Sentados sobre trozos de bloques de hormigón alrededor de la cancha, varias personas miran entretenidas como si fuera la final del mundo.
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